La vida de los artistas nunca ha sido una cosa fácil. Cuando creas, arte de alguna manera te ves completamente ligado a tu obra. Cuando alguien la critica parece como si te estuviera criticando a ti, por el contrario cuando alguien la elogia te da gusto porque sientes que te agregaron valor. Se necesita de valentía para poder salir al mundo a decir «hey mundo, hice esto». Está muy mal visto hablar bien de uno mismo, porque la gente piensa que eres arrogante o pretencioso, las redes sociales promueven la crítica despiadada y la burla obsesiva.
Barthes, en su maravilloso ensayo «La muerte del autor» abre un debate que cada vez es más amplio con la AI. Cada obra que un creador hace, funda una estructura, que a su vez puede ser reconstruida por cada uno de los miembros de la audiencia. Si la audiencia, del otro lado, no está generando conceptos a partir de lo que consume, el canal de comunicación está incompleto. La AI lo que propone es ¿qué tal si el canal de comunicación está incompleto pero de la parte del comunicador?.
No es coincidencia que en un mundo abrumado por la estética y la inmediatez, tengamos a máquinas invadiendo los terrenos del arte. Porque si lo pensamos bien, es un espejeo de lo que pasó con la invención de la fotografía en 1830. En su momento, la pintura servía a la mimesis. Era muy redituable ser un retratista y cuando la fotografía tomó su lugar, hubo que buscar nuevas formas. Las vanguardias- todas- nacen de este evento.
Y es que la inteligencia artificial tiene usos muy importantes como avance tecnológico, no voy a decir que no. Completar bases de datos, generar algoritmos etc. Pero en su paso al arte hay un área gris en la que al mismo tiempo puede ser beneficioso e innovador, pero diametralmente opuesto al objetivo principal, que yo pienso que tiene el arte, que es hacer que las audiencias produzcan conocimiento.
Umberto Eco en su «Tratado de Semiótica» dice que la reinterpretación depende de un tipo de espectador al que llama ingenuo y a otro que se llama ideal. El ingenuo, entenderá cosas en la superficie de las capas; mientras que el ideal podrá no sólo conectar con la propuesta del autor sino probablemente produzca otras ramas del conocimiento a partir de la obra. Absolutamente todos nosotros, seremos del tipo ingenuo para algunos temas y también seremos ideales para otros.
La principal barrera que hemos construido contra el arte es que el espectador ya no está dispuesto a desafiarse a sí mismo. Es decir, estamos ante una batalla en la que queremos recibir perfección estética en todos los aspectos, y eso AI lo puede hacer mejor que cualquiera de nosotros. Ya no somos audiencias ideales, -en los términos de Eco- para ningún tema y por eso los productos que queremos consumir necesitan dejarnos en la corteza del entretenimiento. Tengo absolutamente nada en contra del entretenimiento pero tengo absolutamente todo contra que sea lo único que se produzca.
El valor moral que le añadimos a algo es también una cerca de púas que nos va a impedir acercarnos. Es decir, cada que veo mil advertencias del contenido de un producto audiovisual, me frustro porque no ha habido época en la que el acceso a la información sea más inmediato pero al mismo tiempo, lo que las audiencias buscan es simplemente ser receptores y no tener que buscar nada. Todo peladito y en la boca- diría mi mamá. Nadie busca incomodar, escandalizar, confrontar o inclusive aburrir porque la capacidad de destrucción de las redes sociales es devastadora. Esta es la cultura del miedo.
Creo que por eso tenemos al AI en esta época. Hemos buscado la complacencia en el arte y las inteligencias artificiales que lo «producen» lo hacen desde la vestimenta de la perfección. Un lugar donde siempre estemos cómodos, estéticamente complacidos y con contenidos que nos gusten. La inteligencia artificial, no es Satán. Y una de las cosas que le veo de beneficio es el enojo provocado en la gente. Paradójicamente, ese enojo será el regalo que nos devolverá el abrir los sentidos a productos que sean mucho más retadores, menos cómodos.

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